EL VESTIDO ESCARLATA
A mis siete años, la rigurosa regla de Stella Patiño ya habría de implantarme las primeras
letras. Sus palitos y bolitas, con una contundencia métrica se convertían en las primeras letras. La obligada memorización de Pombo me incriminaba en el mundo de la lectura. Si dejamos al olvido
mi dislexia y la pésima ortografía podría parecer una aventura el aprendizaje. Cada vez que "escridia o pensada como escridirlo",
la profe Stella hacía sentir la contundencia de su regla. La “amarilla”, como la apodamos, media 50 cm. Elemento descontinuado en el mercado por el peligro que
representó la pequeña laminilla metálica que tenia incrustada en uno de sus vértices. Una extensión de la lengua, un arma largo punzante, que cercenaba cualquier pasión, cualquier éxtasis
chamánico que podría despertar un “muy tieso y muy majo”.
Al siguiente año seria un estudiante de primaria y la semana siguiente se celebraría con solemnidad la clausura. La toga y
el birrete serian testigos de mi primer asenso en el mundo. Luego de los intrincados ensayos me encontraba esa mañana frente a innumerables ojos de adultos. De pie en la tarima y rodeado de las
sonrisas de las mamis la maestra me acosaba con su regla. Orbitaban ante mí: la lengua de Nardo, el enemigo de quinto grado que en el baño acostumbraba a meternos de cabeza en la taza, para
orinarnos la nuca y bajar la cisterna. La mirada irónica de Teresita, haciendo como si yo no existiera, como si supiera que le vi los calzoncitos amarillos mientras jugábamos al Corazón de la
Piña, o como si sospechara que era yo el remitente de la primera carta de amor que recibió, una esquela donde me refería a ella como “la mujer que abia
esperabo durante toda mi bida”. Giraban además, las muecas de su amiga Sandra, una niña celosa que gozaba mostrando el
alcance máximo de su fealdad, el timido augusto con su torpe atuendo mhuysqa que me miraba desconcertado y el sapo del curso diciéndome en ecos susurrantes: “hágale, hágale, que le toca”. Ah, y
mi amigo Carlos, pero el estaba muy ocupado sacándose los mocos.
Era la "obra" final de año. Mi papel: Un Ángel de vestido escarlata. Solo en ese momento se aparecieron ante mí la angustia que hasta hoy me acompaña. La desidia ante mundos que no pueda descifrar, y mi laxa indiferencia ante la existencia de un dios de querubines, ángeles, arcángeles o cualquier esencia metafísica que pretendan existirme, sopesarme, interrumpirme o incomodarme. En medio de un torbellino de silencios acusadores mi mente olvidó el presente. Entonces como ahora, apareció la atrocidad de los recuerdos, de sensaciones, que a esa edad no tenían porque manifestarse. Como herencia, quedaron heridas infantiles, mi fuerte rechazo al sabor de cualquier leche y mi proclive propensión a encorvarme fetal en mi hamaca.
En ese instante de obnubilación, recordé una colección de malas palabras que recogía de los chismorreós de mi madre y de la vieja Ana.
¡Chino despistado, aterrice! - Gritaba la vetusta figura de la maestra- cuando en plena clase me pescaba mirando con hipnótica contemplación la colección de hojas de brevo que secaba entre las hojas amarillas de mis cuadernos Norma. Me las quitaba. En ellas escribía las “malas” palabras, pronunciadas con un encanto confuso por los adultos. Me recalcaban que no las podía decir, pero en ningún momento me dijeron que no se pudieran escribir.
Las hojas pertenecían a un árbol que imponente crecía milenario en el patio de la casa, sus ramas se desperdigaban por encima del muro que daba a la calle. Mi metafórica conexión con un mundo exterior que se me abalanzaba cada vez que miraba la luna aparecer por sus horizontales fuerzas. En esas noches de luna recogía religiosamente las hojas y las almacenaba en mi cuaderno. Cuando estaban secas escribía en ellas. “ijueputa – marica – berga – culo – teta – chocha – chichi – chocho – veraco – estupido – mierda” luego las almacenaba en mi camión recolector de basura. Realmente era una caja de bocadillos beleños que gracias a cuatro aplanadas tapas de cerveza se convertía en mi más preciado juguete. Cierto día el camión se arruino y con la misma caja fabrique un cofre parecido al de la abuela. Un baúl carmelito donde guardaba sus secretos de enamorada, sus fotos de juventud, las cartas de un novio cartero que con frecuencia recordaba en las noches en las que cortaban la luz. Las cartas del abuelo en ocasiones las leía mientras lo observaba dormir bajo la sombra del árbol de brevo en su mecedora. Un intento por arrancarle a la memoria un instante digno de recuerdos innombrables. Para cuando la abuela dejaba ver una pulgada sonrisa, el abuelo la interrumpía con un ronquido cómplice como si la abuela le delineara sus sueños. Luego le quitaba de la garganta un libro que leía y releía hasta quedar dormido.
Uno en el escenario termina por olvidar que sabe hablar o peor que tiene que hablar. En el intento solo sientes una cucaracha en la garganta, es un dolor agudo que se acuna paulatinamente, como
cuando el abuelo en su mecedora antes de iniciar su eterna lectura se fumaba un cigarrillo president sin filtro. Una nube de humo se eclipsaba con una de polvo y empezaba a toser frotándose la
garganta. Mi madre lo atendía con un vaso con agua y cómplice decía: ¿Cuándo van a pavimentar este barrio de mierda?
Mierda fue una palabra sonora para mis oídos de infante, la escribí una de las innumerables tardes durante la repetición de la misma escena. La guarde dentro de una cajita de fósforos. Ese día fue diferente -pero no especial- llanamente la abuela no se acercó, cuando el abuelo ronco, me acerque lentamente y le quite el libro. Estaba abierto en la última página, hay la encontré. -¿Acaso, yo no era el único que la escribía? – Medite un segundo- decía: Mierda, guión, Paris, enero de 1957. Tome el libro, subí al cuarto y la recorte, la pegue con cinta en el fondo de la cajita. Guarde con ella mi versión en una comunión en la que prometí no dejar escapar nunca sus aromas. Ese día comprendí -pienso hoy- que la palabra se huele, se palpa, puedes tragar las palabras y sentirás una sensación de placer que inicia en la lengua y se aloja en la garganta.
El dolor de esa mañana en el escenario era su antitesis. Las cucarachas no le dan oportunidad de decir lo que uno tiene que decir y lo que uno tiene que decir, no lo puedes decir porque la maestra le dice a uno, lo que se tiene que decir. Es como cuando te miran a los ojos y te dicen: “tengo que decirte algo pero no preguntes porque” y con cínica ternura te dicen que ya no te aman. Y las imágenes del tiempo se revuelcan y quieres decir algo, pero no sabes que decir. Y quieres preguntar ¿Por qué?, pero no lo puedes decir por que ella te pidió que no lo dijeras, y cuando la idea llega al corazón y te atreves a preguntar, sientes un dolor agudo en la garganta que finalmente no te deja decir lo que quieres decir y ella te besa en la frente y se marcha. En fin… me comprenden? Lo que quiero decir es que…
Las manos las frotas como ángeles a punto de cometer el acto y en la entrepierna sientes gotas de sudor bajar lentamente. Cierras los ojos, tratas de recordar lo que la maestra dijo que dijeras. Tratas de recordar los ensayos. Pero uno, acostumbrado a escribir lo que a uno se le ocurre, a dibujar con lápices lo que los colores logren ver, las acuarelas logran humedecer o las plastilinas apelmazar. Acostumbrado a dibujar en las paredes tu versión, tus sueños -a si parezcan tonteras para los otros- Pregunto?¡ Como carajos, ¡uno, se va a a-c-o-r-d-a-r? lo que te obligan a decirrrr?¡ ¡¡ Jueputa¡¡
Lo único que recordaba era la larga lista de palabras y en especial a mi madre. A ella le debo la idea de mi archivo. Cierto día, cuando entraba a la casa, la basura en bolsas estaba en los postes. El camión avanzaba lentamente mientras unos hombres con cascos metálicos como el del quijote le brindaban alimento. Su boca se abría con furia como Kin- kong y tronaba sus metálicas quijadas como Mazinger Z . Desde la puerta, la vieja Ana tiró una caja que cayo sobre una de las bolsas. El recolector tomo la bolsa con brusquedad y la caja fue a caer hasta mis pies. La alce al horizonte, y para mi tenia la forma perfecta de un camión recolector de basura, solo le faltarían unos toques de latonería y pintura, problema que solucionaría con los esmaltes de mi madre. Entré feliz a casa, me esforcé toda la tarde. Aplane las tapas. Selle mi creación cuando en sus costados escribí: EDIS. Todas las tardes jugaba, dibujaba planos con las tizas que le robaba a la vieja Stella, y recogía la basura de sus casas, en eso se me iban las horas hasta que la luna se aprestaba sobre los altos muros del patio. Mi madre se percato de que en eso gastaba las tardes, hasta un día en el que me pregunto por las tareas. Quede pasmado con mi carro en la cintura. De nuevo la cucaracha se alejo en mi garganta. Con regularidad esta situación precedía a un indiscriminado correazo en mi cuerpo. Deslizó una a una las correas de mi maleta ABC, sacó uno a uno los cuadernos, leyó mis cartas a Teresita, observó los garabatos que hacia mientras la profe hablaba acerca de cosas que para mi no existían. Leyó las notas en rojo y descubrió una de mis hojas escritas. Estallo en llanto: ¡¿Qué va a hacer en la vida?¡ - Gritó – No entendí el reclamo. ¡yo trabajando, esforzándome para darle estudio, mijo!. Y usted me sale con estas? – Salte y parpadee al escuchar el máximo grito: ¡Contésteme?. Que va a ser en la vida?! Pase saliva para tratar de expulsar el aterrador animal que perseguía mi garganta y respondí alzando mi carro frente a ella: -Recolector de… basura -. Vi a mi madre en un cuadro a cuadro tomándose la cara con sus manos, y en un instante paralelo al tiempo escuche la frase: “Le voy a volver mierda esa cosa, solo esta llena de porquerías que le llenan la cabeza de cucarachas”. Segundos después mi carro se estrellaba en la pared y ella se alejaba en llanto. Desde ese día las tablitas se convirtieron en un cofre y lo seguí llenando de “porquerías que me llenarían la cabeza de cucarachas”, después de todo mi madre tenia razón.
Cuando a uno se le olvida hablar, puede perder su historia, perder la posibilidad de contar a los hijos sus historias. En ocasiones me pregunto que sabría mi padre del abuelo. Decía la vieja Ana que al abuelo una mañana se le olvido hablar. El viejo pregonaba como loco al barrio las noticias que leía en un diario o que escuchaba en un viejo radio de tubos. El barrio, en ese entonces alejado del centro de la ciudad era un pequeño caserío de invasión. Tomaba su megáfono y mantenía informados a los vecinos. ¡ atención! ¡ atención! ¡ atención! Muere asesinado Gai… Sintió que de su garganta se le esfumaba la palabra, del megáfono salía una cucaracha, cansada de escuchar tanta miseria y decidió anidar en la mente para comprender personalmente el cataclismo que se avecinaba. Salio del cono principal, se desplazó por el compartimiento de las pilas, se deslizó entre circuitos, cables y rendijas, cuando el abuelo gritó con rabia, penetró por su boca se deslizó por su lengua, sintió seco el gaznate y le robo su habla para siempre.
Solía pensar que el abuelo sí tenía cucarachas en su cabeza, pero yo era diferente. Las sentía en todo el cuerpo. En la punta de los pies cuando los arrimaba al agua fría. En las rodillas antes de que Nardo me metiera la cabeza en la taza. En las piernas cuando la maestra me señalaba con su regla, especialmente un día, cuando el esfero rojo no sirvió y aspire la mina para tratar de arreglarlo. Me quedaron las manos y la lengua untadas de tinta. Sentí una en la punta de mi nariz y me obligo a rascarme, sin darme cuenta me pinte una nariz de payaso. La profe me hizo quedar en ridículo. Todos rieron. Vi en ese momento de infortunio a Teresita, mientras esgrimía una sonrisa lapidaria como diciendo – Que tonto - . Ella logró espantarla cuando sus ojos se clavaron en mi nariz, la cucaracha corrió hacia las cuencas de mis ojos y sus patas me hicieron brotar una lágrima. Salí corriendo.
De nuevo la mañana. Frente al publico los animalillos hacían fiesta en mi cuerpo, las sentía fluir en un laberíntico hormigueo, en el estomago, (como en mi actual gastritis) y en las manos, como cuando picaban y la abuela me consolaba: -tranquilo eso es que le va a llegar platica-.
Las caras de los papitos nos brindaban una gran gama de miradas tontarronas y los suspiros de las mamitas los acompañaban en un mudo coro celestial: es el orgullo. Ahhh… ese es mi niño -Decía una madre-. Ahhh… tan rápido y ya es todo un hombre -Le contestaba un padre- . Me gustaría verlos disfrazados de pollito en la oficina, para ver si son tan hombrecitos -Respondía mi amigo-.
El público esperaba el fin de la obra de teatro, varios ojos se aprestaban a compadecerme y varias manos a romper el silencio eterno con un solidario aplauso. Recordé por fin los ensayos, la obra, sus personajes y sus parlamentos. Suelto en el escenario, como un toro a la espera de su sacrificio. Detrás de mi doce seres desdichados: el pollito que no podía caminar con tanta pluma, un disfraz inadecuado para alguien que sueña con ser Centella. Un abuelo con barbas pegadas con colbón que sudaba bajo los focos de luz. Teresita con unas odiadas pecas de chilindrina. El sapo que le temblaban las piernas de tanto saltar sin motivo… Otros tantos mounstros de papel mache.
Se acercó el ángel al escenario. Mi madre me había diseñado un ridículo traje de color escarlata, encomendándome a “santafesino lindo”. La obra finalizaría cuando el angel protector de la nueva estirpe de héroes llegara a escena, las trompetas sonarían con acordes de triunfo, los soldados bajarían las espadas, la maldad encarnada en dragones de cartón morirían al declarar la derrota del mal y se declarara la victoria de los sueños. El angel escarlata lanzaría al aire una paloma blanca y botaría – cual serafín – pétalos de rosas mientras decía su parlamento. Por supuesto el angel era yo. Me temblaron más las piernas, mientras movía mis caderas para no orinarme, la paloma se me cagó en los brazos. Y los pétalos? ¡carajo! Se me habían quedado en el baño. La mirada inquisidora de la maestra que nos condenaría al infortunio. Con “amarilla” señalándome. Decía entre dientes: ¡le toca!. De repente un silencio, innumerables ojos observaron mi ombligo moverse mientras pasaba saliva. ¿y que tengo que decir? ¿y que tengo que decir? ¿y que tengo que decir?
Fue cuando la garganta empezó a aclararse, primero aparecieron dos largas antenas entre mis labios, con las alas escarlatas me cubrí el rostro para disimular, sentí ganas de trasvocar pero lo estaba disfrutando, saque la lengua y con ella salio la primera de cientos. Otra más y otra saliendo por la boca, salieron de mis manos, de mis pies, el estomago y en la entrepierna, salían del traje, se escurrían entre el pantalón hasta tocar el suelo. Hubo un desfile de los más afortunados insectos. Siempre sobreviven a la hecatombe – pensé. Se metieron entre las tablillas y un ratón se percato de lo sucedido. Las cuerdas bucales se templaron como redes en torres eléctricas. Desespere, comencé a pegarme en la cabeza con las alas como recriminándome, al tiempo que recordaba absolutamente todo. Escupí la última cucaracha y murió estripada de un zapatazo. Su aroma invadió el lugar. El público entró en pánico pero nadie se paro del puesto, se sintieron paralizados, estáticos, inertes. Las cucarachas penetraron por todos los lugares, por las paredes y las cortinas. Pronto fueron miles y fueron a parar al público, se subieron por la bota de los pantalones , por la falda larga de la profe quien soltó por fin su regla. Penetraron en sus bocas y se alojaron en sus gargantas.
Y con toda la fuerza librada de mi vientre salvo. Grite:
¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡MIERDAAAAAAA¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡
Un susurro se sintió en el teatro. El mundo quedo atónito. Los recuerdos se posaron en mi mente. Recordé que llevaba doce meses sin pronunciar palabra alguna. Comprendí que la ausencia de voz del abuelo se posaba en mi garganta el día en el que mi madre destruía mis sueños de ser recolector de basura. Comprendí que en un paupérrimo papel de angel se desbocaba una ternura inquisidora. Un papel de relleno para incluirme en la obra, pero sin parlamento alguno.
Un tiempo silencioso quedo estancado en la memoria del abuelo como habitante de una historia que no termina nunca. Mi pequeño enemigo fue el último en musitar palabra cuando dijo perplejo: ¡El Mudo… Hablo¡
Mi madre llegó a empeñones fundiéndose en un abrazo como pidiendome perdón. Del árbol de brevo surgió una voz extenuante. Feliz el abuelo se mece frente a él gritándole en medio del ensueño. Discuten. En un remolino de vientos caen hojas secas con groserías escritas en un otoño perpetuo - que muera con el abuelo su misterio- .
El mundo entero enmudeció y hasta las palmas perdieron su clap-clap. Más no para mí. El árbol me habla, la piedra me habla, El cielo me habla, El agua me habla, El insecto me habla, El sol me habla, las cosas me hablan. Yo las descifro en letras. Mi cuerpo teme, mis oídos no, mis manos no rascan: escriben.