- Es un… oso, pensó.
Gabriela Inés de la Cruz Uspa escuchaba la lluvia pero la sentía enemiga; era su cruz, una no heredada de su padre. Nada similar a su madre, que se regocijaba con su cascada y la lluvia en su rostro.
Durmió. Minutos más tarde se encontraba desnuda, en medio de un gran festín, embelesada con la mirada de un zorro que le coqueteaba desde lejos. Veía fuego y gotas de lluvia levantando la tierra contundentemente. Tenía 5 años. De la mano la llevaba un hombre de piernas desnudas al que le escurrían gotas de lodo. Había un gran alboroto. Hombres cargando maderos al hombro se acercaban y se alejaban. Escuchaba el sonido de las hachas y el crujir de los maderos. Algunos clavaban palos en la superficie. Otros aglomeraban palos de caña y bambú. En su desorden crujían más agudos. Otros reunían montañas de paja y otros saltaban en una masa acuosa de barro, como jugueteando. Enterraban sus tobillos en la espesa mezcla y rociaban puñados de paja. Oía el golpe fuerte y seco de un tronco sobre otro martillando, veía los músculos firmes y delgados de dos hombres golpeando sincronizadamente. El pequeño zorro continuaba escondiéndose sigilosamente y asomándose entre cada movimiento ajeno. Todos los hombres la miraban a los ojos al pasar. Parecían orgullosos.
La lluvia cesaba por momentos, como espanta-flojos, como chasqueos asonantes. Sintió enterrar sus pies en el lodo a cada paso. Se detuvieron. Hasta ella llegó ese hombre chocante que vigilaba sus sueños. Vio por fin su cara amarga, sus arrugas curtidas de tiempo, con toques de plumería y con extraños colgandejos dorados en las orejas y en su nariz. “Como las vaquitas del campo”, pensó. Los cortos pies flexionados, para agacharse a su altura. Escuchó el sonido de varios objetos colgados de una vara. Se asustaba cada vez que se lo sacudía casi en la frente.
Los hombres gritaban a su paso, como celebrando. El hombre la salpicó de agrios aromas; lanzaba palabras incoherentes. Luego el vacío como cuando uno vuela o cae. El hombre la agarraba por detrás bajo sus brazos y la alzaba, era una experiencia de levedad; zapateaba. Soltó la mano de su padre y lo vio correr pasos atrás. Fue el último paneo ante tal algazara.
De improviso el hueco; juraría que lo sintió amable, listo a recibirla, dejó de patalear y se fue sumergiendo. Cuando la superficie iba a la altura del ombligo, lo observó. Se acercaba. Gigante, del tamaño de dos hombres montados en tuta. Fuerte. Talón y planta pisaban el suelo haciéndolo vibrar; los hombres le hacían paso. El fuego alumbraba su cuerpo. No pudo identificarlo. La sombra de un gran tronco que llevaba sobre sus hombros ocultaba su mirada. Lo vio abrir su gran boca rugiendo con fuerza, manteniendo en equilibrio la gran viga. Exhalaba bocanadas de aire caliente. Al segundo rugir supo que no era hombre y ya a pocos metros logró distinguirlo.
- Es un… oso, pensó.
Saltó; sin embargo, su miedo fue fugaz. Su cara estaba manchada de blanco, su pelambre negro y cubierto con una manta de la misma palidez de sus orbitas. Cargaba un largo y pesado madero de guayacán. Luego la lluvia mojando sus ropajes pintados con rojizos símbolos desconocidos, que sobresalían iluminados por los lejanos rayos de una tormenta. La superficie subió a la altura de su rostro, ella miró hacia arriba. La base del tronco se acercaba con una punta amenazante. Con sus manos tocó las paredes del agujero. Trató de mirar el fondo; la oscuridad no se lo permitió; estiró sus pies; el hombre la soltó; de nuevo el vacío por un segundo y tocó fondo. La tierra era suave, fangosa; se enterró poco a poco. Fue recibida por las entrañas con ternura para alejar su miedo. Ella se acurrucó, con las piernas juntas, dándose con ellas un abrazo. Volvió a mirar hacia arriba; la lluvia mojó su rostro y peinó su cabello. Por última vez vio los ojos del animal encendidos y con el último rugir descolgaron sobre ella todo el peso del tronco en un acto milenario de nobleza.
Extracto: Augusto Tyuasuza